La Ko’olectividad es nuestro alimento

Alika Santiago
Cuando decidimos encontrarnos y tejer un proyecto común entre mujeres habitantes de este sagrado territorio, no imaginamos la aventura y escuela que gestábamos y, la nacimos. Construirnos Colectiva ha sido el arte de la creación, de la rebeldía y revelación, de la intuición y lectura de lo común, de la audacia y empoderamiento de lo pequeño y cotidiano para la creación de lo desconocido.
¿Cómo podría ser desconocida la colectividad, lo común, para mujeres mayas y rurales? Si lo común o colectivo es principio de nuestros pueblos. Era desconocida, en tanto nos permitimos revisar a profundidad nuestros espacios colectivos y reconocer que el “ideal” de respeto, horizontilidad, libertad, entre otros principios que considerábamos en lo común, no lo encarnábamos en nuestros cuerpos individuales y colectivos en el pueblo, la comunidad, la familia y la organización.

Nuestra memoria nos volvía a los dolores, las heridas, los miedos, las molestias, el resentimiento y la frustración escondida o expuesta que teníamos de nuestras colectividades. También reconocimos el cansancio de luchar, resistir o acomodarnos a lo común. En esa rendición nació la epifanía con la voluntad de gestar una colectividad otra, una nacida de nosotras las mujeres que aspiramos a vidas más dignas y vivibles en el propio territorio, y fue como nos aventuramos al amasado de la Ko’olectividad.
La Ko’olectividad de las mujeres que vamos amasando, es en gerundio, y así como diariamente se hace el nixtamal para la tortilla de nal tel, nosotras diariamente disponemos nuestras mejores semillas para el alimento común de nuestro espacio, que no sólo es nuestro, es un espacio que lo abrimos a quién desee construir implicándose, sintiéndose, cuestionándose, cuidándose, sanándose, equivocándose, para seguir caminando con la seguridad y convicción que hay un Hogar que nos guía, cuida, sostiene, pero también nos deja ir y recibe de vuelta, y donde todas tenemos un lugar en igualdad de importancia.
La Ko’olectividad ha sido posible para nosotras de la mano de los cuidados, de la sanación, y del reconocimiento de los tiempos y ciclos de cada una en lo individual y del cuerpo común. Nos hace lectoras de los ciclos, mirar los ciclos de la luna y ubicarlos en lo común ha sido fundamental pues eso nos quita la carga del hacer permanente (herencia del capital). Aceptar los momentos de pausa y calma, de vacuidad, de silencios, de ausencia, de impulso de primavera, de total abundancia, de siembra, de cosecha, de creciente de aguas y sequías. Encarnar los ciclos en lo común y reconocerlos en lo individual nos ha permitido fluir y no sobre exigirnos, aún en lo exigentes que seamos.
Es decir, la ko’olectividad nos acerca a la presencia de y en lo común, habitarlo, reconocerlo, sentirlo y de ahí ofrendar en lo individual lo que corresponde a ese cuerpo que somos. Es el Hogar, la familia, el lugar seguro que hemos construido a consciencia y en voluntad de la reveldía (de revelar rebeldemente). Ahí bordamos el proyecto político y onírico donde disponemos nuestras mejores semillas, nuestros hilos más finos, nuestras tortillas de maíz nuevo, nuestras aguas más frescas, nuestras mieles más exquisitas, nuestra cosecha más abundante, nuestro deseo más profundo y nuestra voluntad más encarnada.
La Ko’olectividad es nuestra escuela, nuestro oráculo, la tortilla del alimento para nosotras y para nuestro pueblo.



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